domingo, 5 de octubre de 2008

TESTIMONIO. VICTIMAS DE LA INFAMIA

Testimonio de una «etiquetada».
En 1989 fui etiquetada como «portadora del VIH». Ahora tengo una nueva etiqueta: me han convertido en una «superviviente de larga duración».

En estos nueve años he conocido muchos etiquetados. Unos tomaban los medicamentos oficiales y otros no. Con el paso del tiempo he podido observar que los que seguimos sanos somos los que rechazamos la medicación oficial, el resto ha muerto o se encuentran gravemente enfermos.

Nunca he tomado medicación alguna contra el supuesto VIH. Por suerte o intuición desde el principio opté por reforzar mi organismo con métodos naturales y técnicas de relajación. La meditación y el Qi Gong me ayudaron a manejar el miedo y desesperación que sentía ante el rechazo social, la supuesta enfermedad y la inevitable muerte que creía amenazarme.

El tiempo pasaba y veía que no enfermaba ni desarrollaba ninguna de las llamadas enfermedades oportunistas. Poco a poco fui perdiendo el miedo y tras recobrar la calma me di cuenta de que yo estaba bien y de que por tanto mi vida no corría peligro. Si ese virus existía, no era tan peligroso.

Afortunadamente, no estaba sola, conocía a más etiquetados que optaban por terapias alternativas, muchos habían sido etiquetados antes que yo, verles en buen estado de salud reforzaba mi intuición de que el virus no era el «asesino». La gente moría presa del miedo al recibir por los centros médicos, la detallada información de las posibles enfermedades a las que nos veríamos «obligados» a desarrollar. Tenías que ser muy fuerte para no dejarte influir negativamente por el pánico general.

Los etiquetados que creían ciegamente en la versión oficial han muerto, el miedo y los venenos oficiales acabaron con ellos.

Durante los primeros tres años acudía regularmente a grupos de apoyo para etiquetados, la mayoría de asistentes a estos grupos tomaban AZT y DDI, junto a varios antibióticos, analgésicos, antiinflamatorios y otros medicamentos oficiales. Podía ver como se iban debilitando y muriendo.

En 1992 decidí irme a vivir al campo y rehacer mi vida, necesitaba llevar una vida normal, alejada de grupos de apoyo, médicos, enfermos y muerte. Desde entonces me dedico a vivir, ya que he llegado al convencimiento de que el virus no existe, y de que todo el fenómeno SIDA es una suma de errores, por tanto no he vuelto a hacerme un recuento de células T4 ni he visitado ningún médico.

Los años siguen pasando y sigo estando viva y sana. Somos muchos los «etiquetados» que compartimos una experiencia similar, nadie nos conoce o se interesa por nuestra experiencia personal. Los medios de comunicación no se hacen eco de nuestros testimonios. Las noticias que publican se centran únicamente en cifras de muertos y listas de enfermedades, condicionando negativamente a la población, hablan de todo menos de salud. Sería muy interesante que los investigadores oficiales hiciesen un estudio sobre cuantos de los sobrevivientes de larga duración toman la medicación oficial, cuantos no y cual es su estado de salud.

Es necesario un replanteamiento total del enfoque de la medicina actual y de sus investigaciones, tanto en el SIDA como en otros campos. Los investigadores y laboratorios farmacéuticos han de ponerse al servicio de la población, y no la población al servicio de ellos, como está ocurriendo.

María José Gómez.


Hugo

Cuando tenía 24 años empecé a sentirme mal. En mi pierna derecha me salió un lunar rojizo y decidí hacerme el examen del sida. El resultado fue positivo. Era principios del 95, y eso me destrozó moralmente. No me dieron más información ni apoyo psicológico, sólo el crudo resultado. La gente era muy fría y hermética, no te explicaba ni te aconsejaba nada. Me dieron a entender que ese era el precio a pagar por mi gusto homosexual. Durante año y medio anduve vagando como zombie. A nadie le hablaba, todo me parecía muy feo, pensaba que iba a morir pronto. Me dediqué a tomar, a drogarme con marihuana y a veces con cocaína; a malpasarme, me valía gorro la vida. En vez de levantarme quería hundirme, intenté suicidarme dos veces. La primera, me tomé una dosis de 100 pastillas de AZT de un jalón, y la segunda, me corté las venas del brazo derecho a la altura de las muñecas, pero las dos veces, una mi hermana y otra mi cuñada, llegaron en el momento preciso para socorrerme. Así comprobé que la vida me la dio Dios y él sabrá cuándo me la quita. No es cuando yo quiera.

Cuando empecé a tratarme en Cancerología vi a gente que estaba peor que yo en su salud y en su economía y que aún así le echaban ganas, entonces comencé a cambiar, decidí echarle ganas también yo, a pesar de los horribles dolores que me daban por el cáncer en mi pierna. Fue muy difícil, me la pasé sedado con morfina casi tres años. Después de dos año y ocho meses de vivir como vegetal, ahora ya me puedo parar aunque sea con muletas. Uno de mis hermanos mayores pidió un préstamo en su trabajo y gracias a él pude tomar los medicamentos, pero fue un sacrificio. Al principio compraba el Crixiván a 3,500 pesos el frasco, ahora lo compro de 400 a 800 pesos porque conozco ya a mucha gente que luego les cambian sus esquemas de tratamiento, dejan de tomarlo, o se los regalan en un protocolo, y entonces se forma una red de intercambio de medicamentos. En casa de todos modos no nos alcanza para los medicamentos ni para otras cosas. Hay gente que nos regala ropa y la vendemos para sobrevivir. También vendemos mole, chiles, buscamos la forma y así sale para comer.

Mi expectativa en este momento es echarle ganas, restablecerme de la rodilla y ayudar a la gente que está sola en los hospitales y que sufre por la ignorancia de muchos médicos y enfermeras. Apoyar a las familias, como lo ha hecho últimamente mi mamá. Si nos llegamos a morir hay que morir como los valientes, hasta el final y dejar aunque sea una huellita. Ahora para mí todo es luz, todo es posible, hasta tengo pareja y nos entendemos muy bien, también él es portador del VIH y yo lo cuido a él y él a mí, ese lazo para nosotros es lo que nos da fortaleza.